Tu, que como un mago has conseguido que ella no encuentre ese gran truco que tu espectáculo esconde, le hablas como si nada hubiese sucedido y bromeas con lo felices que seriáis juntos, los viajes que haríais y en que lugares de Londres la besarías, la manera en que tus manos recorrerían cada mañana su barriga, reviviendo las mariposas que alli habitan y como la despertarías.
Mientras ella enseña a su dolor a esconderse detrás de una tremenda carcajada cuando estas cerca, que se convierte en odio y desprecio hacia si misma por no poder controlar como le gustaría su corazón.
Anulada, abolida, vuelve al frío suelo de su habitación deseando que mañana cambies de opinión y que vengas corriendo a tirarle piedras a la ventana, a decirle que lo sientes y a arrastrarte como ella hizo, hace y hará, hasta que algún marinero venga a salvarla del charco de sangre verde que su príncipe rana dejo.


